febrero 04, 2010

Mi banquete

Por Saide Mobayed Vega








Yo soy, tú eres, él es, nosotros somos, ustedes son, ellos son. Y qué si tú eres, él fue, nosotros seremos, ustedes han sido y yo soy. Qué si tú quieres ser, él quiso ser y ellos jamás serán. Y qué si a mis diecinueve años aún no puedo llegar a una definición concreta de lo que soy.



Y es que el definirse a sí mismo es algo completamente subjetivo. Lo hay de todo: lo visible, lo tangible, lo audible, lo perceptible por unos, lo argumentable por otros. Sin embargo la intención por la cual esto se escribe, es nada más ni nada menos que mi propia definición de lo que se es, es decir, de lo que soy.



Y bien querido lector (o en su defecto, querida audiencia) no quisiera aburrirle con las cosas básicas y visibles de mi ser en primera instancia: mujer, de estatura media-alta, complexión normal (ni muy muy, ni tan tan), cabello largo y rizado, etcétera, etcétera. Quisiera centrarme en cosas que van un poco más allá de ello. Centrarme en los platillos que me conforman. Y digo platillos para hacer esto con el menor tedio posible, tanto para usted como para mí.



Como entrada, tengo el orgullo de presentarle a mis manos. A pesar de que éstas me desagraden, son ellas las que me permiten realizar las cosas que más me gustan. Son mis aliadas con la pluma y la hoja. Mis aliadas con las texturas y los relieves. Mis aliadas para sentirte y para quererte. Mis aliadas con la cámara y el disparador. Mis aliadas en ordenar y recoger. Mis aliadas con la pantalla y el teclado. Es gracias a este par, una de lado derecho, otra al hemisferio contrario; que soy capaz de conocerte más a ti, a usted, a él y al mundo. Las que sé que me harán capaz de lograr mis metas y objetivos.



Como plato principal tengo el orgullo de presentarle a mis ojos. Pienso que su gran tamaño fue intencional: hechos para que devore al mundo. Para absorber lo máximo que estos puedan absorber. Para verle a usted y a ella y a él. Para observar desgracias y también maravillas.



Y es que me encanta ver. Verte a ti, verlo a él, verla a ella. Me encanta que a través de ellos puedo leer y conocer y saber y crecer y admirar y querer y reír y llorar. Pienso que el llanto es el padre del anhelo y del olvido, de la pureza y lo maldito. Y es gracias a mis grandes ventanas que aquél líquido salado sale de mi interior para mostrarle al mundo que estoy viva.



Finalmente, como postre, le daré a elegir dos opciones: mis piernas bañadas en salsa y mi boca al souflé. Gracias a las primeras es que puedo viajar, conocer, bailar, brincar, moverme, sentarme. Ellas me permiten mantenerme de pie, creo que tal deriva de que éstas estén macizas y largas, asegurándome que nunca se dejarán doblegar. Son las responsables de llevarme por el camino correcto, y en caso de dar un paso en falso, le aseguro a usted, a él y a ella, que siempre me lo han hecho saber.



La boca es mi aliada favorita. Soy de esas personas que no dejan hablar: hablo hasta por los codos. Gracias a ella puedo transmitirle a usted, a ti y ella esto mismo. Puedo gritar, reír, besarte, cantar, comer, hablar y hablar y hablar. Gracias a ella puedo generar diálogos, discursos, discusiones, argumentos. Generar y regenerar conocimiento…



Aquí termina el banquete de lo que he sido, soy y espero ser. Banquete visual, oral y tangible. Banquete que me permite llenar mi vida de los más deliciosos platillos.




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FULGOR DE PALABRAS

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